Curvas como catedrales recostadas sobre la orilla
del mar
se te derraman las lágrimas por entre las
comisuras de mis manos
curvas de viento que no para de soplar.
Algún día me dijiste que me querías retorciéndome
en la cama
desechando cualquier resquicio del tiempo
que todos los relojes del mundo te pretenden dar
marcando la hora sin saber muy bien cual te
pertenece
y ahora sin minutos restantes frente al
precipicio infinito
ni curvas donde poder esconderte,
lloras, lloras por dentro porque un día lo
supiste,
sentiste que me amabas como nunca imaginaste
podrías,
pero te adentraste por los laberintos
rectangulares de la razón,
de eso que llaman conciencia, de tener los pies
en la tierra
y te perdiste la inocencia del amor, lo incontrolado
de su existencia,
lo bohemio, lo inhóspito y habitable,
la curva donde empieza la construcción de la vida.
Te quedaste al otro lado de la orilla
donde las olas no rompen porque no hay viento, ni
pasan las horas,
ni siquiera las que marca tu reloj.
Te quedaste cerca pero no lo suficiente,
allá en la catedral del mar,
justo en la curva entre tu espalda y la mía.
